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Perdona... y olvida
Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. –Efesios 4:32. Joel se estaba muriendo y quería corregirlo todo. Estaba disgustado con Bill, quien había sido uno de sus mejores amigos. No se habían hablado en años. Queriendo resolver el problema, pidió a Bill que lo visitara. Cuando llegó Bill, Joel le dijo que tenía miedo de ir a la eternidad sin arreglar los malos sentimientos que había entre ellos, y que quería solucionar las cosas. Luego le extendió la mano a Bill y dijo: «Te perdono. ¿Me perdonas?» Bill dijo que sí, pero justo cuando se iba, Joel le gritó: «Pero recuerda, si me mejoro, esto no cuenta.» Puede que sonriamos al leer esta historia. Sin embargo, ¡qué representación tan clara de la forma como nos tratamos a veces! El perdón que otorgamos a menudo es superficial. Tal vez esté motivado por el temor, o para obtener cierta ventaja egoísta, o para acallar nuestra conciencia, pero no sale de un amor auténtico a Dios ni al que nos ha hecho daño. Sí, tal vez digamos que perdonamos, pero cuando surge la menor fricción, estamos prestos a resucitar ofensas pasadas. ¡Qué distinto es el perdón del que habló Cristo! (Mateo 18:15-22). El apóstol Pablo no dejó duda alguna de la naturaleza del perdón genuino cuando dijo que hemos de perdonarnos unos a otros como Dios nos perdonó a nosotros (Efesios 4:32). Eso significa que hemos de perdonar... y olvidar. RESENTIR Y RECORDAR PROVOCA CONTIENDAS; PERDONAR Y OLVIDAR DA PAZ.
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