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Jesús, ¿Hijos de Dios o líder político?
Mat.16.13 - 15
1. JESÚS INTERVIENE EN LA VIDA SOCIAL En tiempos de Jesús los verdaderos dirigentes de la vida religiosa y social son, para la gente del pueblo, los escribas y fariseos. Ellos son más temidos, e incluso respetados, que las fuerzas de ocupación romanas o el sumo sacerdote del Templo de Jerusalén. Los escribas son teólogos que conocen a fondo las Escrituras, la ley y las tradiciones religiosas del pueblo judío. Los fariseos, grupos de laicos; muy fervientes, dan gran importancia al culto, a la plegaria y a las obligaciones religiosas. Observan la Ley y los preceptos legales al pie de la letra y esperan otro tanto del pueblo. Tienen gran influencia moral y social y disponen, para cada caso que pueda presentarse en la vida ordinaria, de una solución inspirada creen ellos en las tradiciones religiosas y en los comentarios oficiales de la Ley mosaica. Están llenos de buenas intenciones y persuadidos de ser guías seguros, modelos ejemplares para el pueblo. Pero tienen un defecto capital que Jesús denuncia con fuerza: ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el suyo. Descuidan la justicia, la misericordia y la buena fe. Dicen y no hacen; atan pesados fardos a las espaldas de los otros y ellos rehúsan mover la punta de un dedo. Todo esto no puede soportarse, debe ser cambiado. (Mateo 23:13-33) ¿Cómo se comporta Jesús ante los prejuicios y convencionalismos sociales? Con mucha libertad. Frecuenta a todo el mundo, se dirige a todo el mundo. Busca el contacto todos los ricos y pobres, con los marginados, con los que son despreciados. Y a los que se escandalizan les dice: "Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores". Jesús acoge también a los gentiles, es decir a los no judíos. Conversa con las prostitutas, cena con Zaqueo (que tenía muy mala reputación), acepta como apóstol a Judas Iscariote, hombre ambicioso que le traicionaría; y encuentra normal que las mujeres le acompañen en sus desplazamientos, lo cual resulta sorprendente en aquella época La "gente bien" comenta: "... Este es un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores". Jesús critica el orden social de su tiempo, que no es más que un orden en el desorden. Para entrar en el Reino que anuncia es preciso cambiar radicalmente el fondo de los corazones, las relaciones entre los hombres: "Jesús les dijo: De cierto os digo, que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios. 32 Porque vino a vosotros Juan en camino de justicia, y no le creísteis; pero los publicanos y las rameras le creyeron". Ante esta radical respuesta del orden establecido, los fariseos reaccionan violentamente. Murmuran y se burlan de Jesús. Le acusan de estar poseído por el demonio, esparcen noticias insidiosas para perjudicarle y desacreditarle. Intentan deshacerse de él y matarle. Reuniendo motivos de acusación contra Jesús, estarán entre aquellos que le harán condenar a muerte. Pero Jesús no se deja intimidar. Continúa predicando la conversión de la persona, de las tinieblas a la luz admirable. El tiempo apremia: "Se ha cumplido y el Reino de Dios está próximo". Los bienes. Jesús pide al rico que venda lo que tiene y lo entregue a los pobres. Las mujeres. Jesús habla con ellas, aún con las extranjeras. No las aparta de El, como se hace en la Sinagoga. El matrimonio. Jesús protesta contra el repudio de las mujeres por sus maridos y por motivos arbitrarios, como lo autorizaban algunos rabinos y proclama la indisolubilidad del matrimonio. Los niños. Jesús les testimonia su interés y ternura, mientras que la sociedad los separa y los considera seres inferiores. La familia. Para Jesús los lazos de parentesco no son un absoluto. Marcos 3: 31-35 “Vienen después sus hermanos y su madre, y quedándose afuera, enviaron a llamarle. 32 Y la gente que estaba sentada alrededor de él le dijo: Tu madre y tus hermanos están afuera, y te buscan. 33 Él les respondió diciendo: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? 34 Y mirando a los que estaban sentados alrededor de él, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. 35 Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre”. Jesús frecuenta el trato de los recaudadores de impuestos. Toma uno por apóstol, .Los relatos de su nacimiento conceden lugar de honor a los pastores. Los pecadores. Jesús perdona sin preocuparse de los sacrificios penitenciales que se deben cumplir en el Templo de Jerusalén. Perdona los pecados. Lucas 7: 48,49 “Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados. 49 Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste, que también perdona pecados?”. Los escribas. Son los especialistas en la Ley, en las tradiciones. Después de una larga formación reparten su tiempo entre la oración, el estudio y el trabajo manual. Son muy estimados. No se podía ser ordenado "doctor" antes de los 40 años. Jesús ni es escriba, ni hace referencia a las tradiciones. Enseña con "autoridad" porque tiene "algo que decir". En fin, afirma que a los "pequeños" y no a los especialistas revela el Padre su Reino. 2. JESÚS .INTERVINO DIRECTAMENTE EN EL MUNDO SOCIAL Y RELIGIOSO, E INDIRECTAMENTE EN EL POLÍTICO. Jesús no murió de muerte natural. Fue condenado y “Dio su vida”. Fue condenado injustamente por el poder político, ya que el mismo Pilato había reconocido su inocencia. El proceso de Jesús es un elemento fundamental para la comprensión de su mensaje y de su actitud. Aquel proceso se desarrolló ante dos tribunales, un tribunal religioso y un tribunal político; pero en ambos casos se trata de acusarle de un crimen del que él era inocente inocente. ¿Qué es lo que andaba en juego en aquel proceso? a) La acusación religiosa. Jesús es condenado por el poder religioso. Éste le reprochaba, no ya que se hubiera presentado como Mesías, sino el que fuera un falso profeta: Empeñarse en definir de nuevo las relaciones entre Israel y Dios rompiendo incluso con la ley y prescindiendo de las tradiciones de los maestros y de la autoridad de los sacerdotes exigía una comprobación del origen divino de esta tarea, en contradicción con lo que había sido manifiestamente hasta entonces la voluntad de Dios; ¿cuáles eran esas garantías excepcionales? Jesús se negó a presentarlas, negándose a inclinarse ante los que se consideraban encargados de garantizar la ortodoxia religiosa y la verdadera tradición judía. Marcos 14: 60.61 “Entonces el sumo sacerdote, levantándose en medio, preguntó a Jesús, diciendo: ¿No respondes nada? ¿Qué testifican éstos contra ti? 61 Mas él callaba, y nada respondía. El sumo sacerdote le volvió a preguntar, y le dijo: ¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?” Juan expresa perfectamente cuál era el sentimiento que dominaba entre los sacerdotes y los fariseos: “Entonces los principales sacerdotes y los fariseos reunieron el concilio, y dijeron: ¿Qué haremos? Porque este hombre hace muchas señales. 48 Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación” (Jn. 11, 47-48). Caifas, por su parte, añadió: "Vosotros no sabéis nada; 50 ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca" (Jn. 11, 50). Juan interpreta estas palabras como una profecía que tiene un sentido teológico profundo. Originalmente, expresa la opinión que prevaleció: Jesús era un seductor; carecía de medios para llevar a cabo la misión mesiánica que fomentaba entre el pueblo. Había que cortar por lo sano; la muerte de aquel falso profeta demostraría con claridad que no era el enviado de Dios, que no era más que un blasfemo. Las burlas de los jefes delante de Jesús en la cruz revelan esta misma intención: "el pueblo estaba mirando; y aun los gobernantes se burlaban de él, diciendo: A otros salvó; sálvese a sí mismo, si éste es el Cristo, el escogido de Dios". (Lc. 23: 35) En resumen, parece cierto que para los jefes, sacerdotes y fariseo. Jesús fue condenado justamente como falso profeta, y que esa condenación preservaría, a su juicio, al pueblo de comprometerse en un movimiento sin porvenir, ya que no podía ser de Dios dada la actitud de su autor.
b) El delito político. El poder político se basa para su condenación en otras razones distintas de las del poder religioso. Jesús ha sido llevado ante la justicia romana por motivos diferentes de los de su acusación ante el poder religioso; ser un falso profeta no era un delito que amenazara a la seguridad del estado. Así pues, Jesús fue acusado de amenazar al ocupante romano: supuestamente había intentado sublevar a las turbas para devolver a Israel la independencia. Jesús era acusado como un agitador político. Pilato, había percibido la falsedad de la acusación y había juzgado a Jesús inocente (Lucas 23: 4,13-25; “Y Pilato dijo a los principales sacerdotes, y a la gente: Ningún delito hallo en este hombre. Entonces Pilato, convocando a los principales sacerdotes, a los gobernantes, y al pueblo, 14 les dijo: Me habéis presentado a éste como un hombre que perturba al pueblo; pero habiéndole interrogado yo delante de vosotros, no he hallado en este hombre delito alguno de aquellos de que le acusáis. 15 Y ni aun Herodes, porque os remití a él; y he aquí, nada digno de muerte ha hecho este hombre. 16 Le soltaré, pues, después de castigarle. 17 Y tenía necesidad de soltarles uno en cada fiesta. 18 Mas toda la multitud dio voces a una, diciendo: ¡Fuera con éste, y suéltanos a Barrabás! 19 Este había sido echado en la cárcel por sedición en la ciudad, y por un homicidio. 20 Les habló otra vez Pilato, queriendo soltar a Jesús; 21 pero ellos volvieron a dar voces, diciendo: ¡Crucifícale, crucifícale! 22 Él les dijo por tercera vez: ¿Pues qué mal ha hecho éste? Ningún delito digno de muerte he hallado en él; le castigaré, pues, y le soltaré. 23 Más ellos instaban a grandes voces, pidiendo que fuese crucificado. Y las voces de ellos y de los principales sacerdotes prevalecieron. 24 Entonces Pilato sentenció que se hiciese lo que ellos pedían; 25 y les soltó a aquel que había sido echado en la cárcel por sedición y homicidio, a quien habían pedido; y entregó a Jesús a la voluntad de ellos” Hch.3, 13; 13, 28; Jn. 18, 38; 19, 4.6). Lo condenó porque los jefes y una turba excitada por ellos exigían su muerte. Creyó que una resistencia exagerada a sus exigencias produciría desórdenes en aquella población apasionada, tan difícil de apaciguar durante su afluencia a las fiestas de Pascua. La muerte de Jesús fue la garantía de que no se producirían desórdenes y una prueba de la comprensión del ocupante romano ante las querellas visearles del pueblo judío. La inocencia de Jesús tenía muy poco peso en la balanza de la estrategia política. Así, pues. Jesús fue víctima de la incapacidad de los jefes para percibir los signos de la transformación necesaria de las relaciones con la ley y la religión. Fue sacrificado en aras de unos intereses políticos por la justicia romana. El que fuera justo o inocente tenía muy poco peso a la hora de establecer el veredicto. Si esto es así, el relato evangélico de la pasión es el relato del justo perseguido, del inocente aplastado: un tema que está presente en la oración de los salmistas. Jesús se había presentado como un hombre lleno de autoridad, libre, como un profeta poderoso en obras, que había hablado con franqueza y siempre en público, que había atendido a los enfermos, que no había condenado a los pecadores, que había discutido con los maestros de la ley. Y ahora se veía reducido a nada: "Había salvado a otros, y no podía salvarse a sí mismo" (Mc. l5, 31). Dios no lo había acreditado como profeta, puesto que lo abandonaba a sus propias fuerzas. Por eso no es extraño que Marcos y Mateo pongan en sus labios la oración del justo entregado a la ferocidad de sus enemigos y que no recibe ninguna ayuda de Dios; "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Sal.22, 2, citado por Mc.15, 34). Jesús estaba cumpliendo la exigencia de Dios Padre de un cordero perfecto que quitaría y quita el pecado del mundo y nadie fuera de Jesús, el Hijo de Dios podía satisfacer esta exigencia, Él estaba cumpliendo porque vino a dar su vida en rescate por muchos. Juan 10: 15-17 “así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas. 16 También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor. 17 Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar” 3. JESÚS. Y EL PODER POLÍTICO. La forma más común de la obediencia es la sumisión a las diversas autoridades que ejercen un poder. Jesús ha conocido esta obediencia, ha vivido sumiso a los hombres. La mayoría de las gentes con quienes se codea en los caminos y en las Aldeas no tienen con la autoridad sino relaciones distantes, a través de los impuestos y reglamentos de administración, porque su persona y mensaje replantean todo de nuevo, es llevado a tomar posición ante las autoridades más altas de Jerusalén y de Roma. No tiene ciertamente en grado alguno la superstición de la autoridad: habla de los conservadores del poder, de Heredes; Lc. 13: 31,32 “Aquel mismo día llegaron unos fariseos, diciéndole: Sal, y vete de aquí, porque Herodes te quiere matar. 32 Y les dijo: Id, y decid a aquella zorra: He aquí, echo fuera demonios y hago curaciones hoy y mañana, y al tercer día termino mi obra”, Jesús habla de escribas y fariseos, sucesores legítimos de Moisés (Mt. 23, 2), con franqueza vigorosa (Mt. 23, 13 y ss,); no se hace ilusiones sobre las segundas intenciones y los procedimientos ordinarios de los poderosos del mundo, que "se hacen llamar bienhechores" Lc. 22,25-27 “Pero él les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; 26 mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve. 27 Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve”, Pero "mandan como amos y hacen sentir su poder" (Mc. 10, 42) Jamás, sin embargo, Jesús predica ni practica la insurrección, ni siquiera contra las autoridades más indignas. Le parece natural obedecerlas, tan natural que apenas habla de ello. Sus discípulos Pedro y Pablo recomendarán a los cristianos la obediencia a los poderes constituidos, pero Él, que la vive diariamente, no se entretiene en ello, Jesús enseñó: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" (Mc. 12, 17) Jesús permanece obediente hasta su última hora. Esta hora, para la que ha venido, y que revela el secreto de su corazón, es la de la obediencia suprema: "Mas para que el mundo conozca que amo al Padre, y como el Padre me mandó, así hago. Levantaos, vamos de aquí" (Jn. 14, 31). Pero es en la obediencia a los hombres como va a alcanzarle la orden de su Padre, en el gesto de Judas, en la intervención de la autoridad. Jesús va a someterse a ellos, pero demuestra que lo hace libremente, o sea, que obedece. Su última palabra en el momento de ser arrestado expresa exactamente su obediencia: "¡Levantaos! ¡Vamos! Aquí cerca está quien me entrega" (Mt. 26, 46). No hace falta que Judas y su tropa le sorprenda y crean tomarle a pesar suyo Todos los evangelios han recogido en la Pasión el desarrollo inexorable de esas "entregas" sucesivas. Judas le entrega a los sumos sacerdotes (Mc. 14, 10 y ss.), quienes le entregan a Pilato (Mc. 15,1) quien, tras intentar descargarse en Heredes, le entrega a los judíos para que sea sacrificado (Mc. 15, 15). Jesús pasa de mano en mano, juguete de todas las crueldades que pueda inventar el "poder de las tinieblas", al que le abandona, antes que Judas, antes que Pilato, Dios su Padre, quien el primero "ha entregado por nosotros a su Hijo único" Rom. 8, 32 (Rv 1909) “El que aun á su propio Hijo no perdonó, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?”. La obediencia de Jesús en su pasión tiene algo excepcional, pues las autoridades que le condenan, si bien son humanamente legítimas, cometen una injusticia. Jesús no discute la autoridad del sumo sacerdote o de Pilato. El se somete a su sistema judicial, responde a los interrogatorios y muere por haber satisfecho al requerimiento solemne del sumo sacerdote: "¿Eres el Hijo de Dios?". Pero si reconoce la validez de sus tribunales, su docilidad ilumina la iniquidad de sus verdugos. Sus jueces y sus cómplices han crucificado al Hijo de Dios. El designio divino ha querido que Caifas y Pilato se hayan encontrado ese día ante El. Obedeciendo a los jueces y a sus verdugos, Jesús no disimula nunca la ignominia de que se hacen culpables y su perdón, si borra su pecado, revela también su bajeza. Su sumisión no tiene nada de cobardía resignada que se imagina aplacar el mal dejándole obrar libremente y no justifica ninguna iniquidad. Demuestra solamente hasta dónde el Hijo de Dios ha llevado su obediencia: hasta las peores condiciones conocidas del pecado, la esclavitud. Jesús ha querido conocer la angustia más profunda, la suerte más dura que ha conocido la humanidad, la espantosa sensación de ser entregado sin defensa a todos los caprichos del odio y de la crueldad. Así triunfa del pecado, por cuya causa muere; así concede a los suyos, a todas las víctimas del pecado, unir su sufrimiento a su Pasión, transformar su esclavitud en libertad y con este sacrificio sustitucional en la cruz del calvario nos hace salvos de la condenación eterna. Durante miles de años, teólogos, creyentes y no creyentes han debatido sobre la figura de Jesús. Para algunos un profeta, para otros un farsante, para muchos un gran revolucionario o líder político y para nosotros los cristianos, el hijo de Dios. Y no cabe duda que la grandeza de este personaje, lograra dividir la historia de la humanidad en antes y después de Cristo.
¿Quién es Jesucristo para usted? (Mateo 16:13-17) Jesús se encuentra en la región de Cesarea de Filipo, una zona de influencia griega romana, lejos de la influencia de Jerusalén (centro del poder del judaísmo), además, es un lugar de libre pensamiento. Ahí existen diversas escuelas de teología. El Señor, en ese lugar ha querido hacer un alto en su tarea cotidiana para conocer qué piensa la gente acerca de él. Quiere saberlo de boca de sus más allegados a su ministerio, sus discípulos. De alguna manera quiere ponerlos a prueba para saber si han comprendido su misión. Va a exigirles a ellos una respuesta existencial: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Jesús al escuchar a sus discípulos sobre lo que la gente piensa sobre él, quiere saber qué es lo que piensan ellos acerca de él. Por eso les hace la pregunta directa y existencial: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?..... Pedro, hace su confesión personal: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Ante esta confesión de Pedro, guiada por Dios, Jesús sabe que por lo menos uno ha comprendido a cabalidad quién es él. Aunque el resto no supo que decir, por lo menos uno lo había reconocido como el Mesías, el Ungido de Dios, el Hijo de Dios viviente. Esta confesión de Pedro nos enseña dos grandes verdades: 1°) Toda naturaleza humana resulta inadecuada para describir a Jesucristo. La gente y los teólogos manejan condiciones humanas para describir a nuestro Señor Jesucristo. Él no es Juan el Bautista, no es Elías, no es Jeremías, ni es ningún profeta, ni menos un revolucionario político de nuestros tiempos. Jesús es el Hijo del Dios viviente. 2°) Nuestro encuentro con Jesucristo debe ser un encuentro personal. Nuestro descubrimiento de Jesús jamás puede ser de segunda mano. Podemos leer mucho acerca de Jesús, escuchar muchas maravillas de él, quedarnos asombrados por los hermosos discursos que hablan sobre Jesús, aún llamarnos sus seguidores y enseñar sobre él, y sin embargo, no ser verdaderos cristianos. De ahí que tenemos que ser contundentes al afirmar que el cristianismo nunca consiste en conocer algo sobre Cristo Jesús, sino el tener un verdadero encuentro personal con Él y ser sus discípulos. Es por eso que Jesucristo nos exige una respuesta personal y nos pregunta: “Y tú, ¿quién decís que soy yo? La respuesta debe ser dada desde donde nos encontramos, con nuestros pecados, con nuestros errores, nuestros dolores, nuestras confusiones, nuestras angustias o con nuestra soledad. Todos tenemos que dar este primer paso, nuestros labios tienen que pronunciar que “Jesucristo es el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Él es nuestro Señor y Salvador. Para llegar a ese gran momento de nuestra vida, primero debemos humillarnos ante Él, dejando toda soberbia y vanidad, para luego confesar nuestros pecados y arrepintiéndonos de todo corazón; en segundo lugar debemos dejar que Dios nos lleve al encuentro personal con Jesucristo, por medio de la acción del Espíritu Santo, para ser redimidos. Si no hemos dado este primer paso nos habremos quedado en la puerta de la salvación. “Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Jn. 1:7). “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mt. 11:28). “Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar” (Is. 55:6-7). “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera” (Jn. 6:37). “Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14:6). Amigo o amiga, te pregunto en forma personal: ¿Cómo está tu vida? ¿Quieres cambiar tu vida? ¿Quién es Jesús para ti? Si no tienes respuestas a estas preguntas, permite que Dios te ilumine y acepta a Jesucristo como tu Señor y Salvador. Entonces tus labios podrán pronunciar al igual que el apóstol Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. “Tú eres Cristo mi Salvador”. Desde ese momento tu vida cambiará y tendrás bendiciones que sólo Dios te dará si permaneces fiel y obediente a Su palabra. Que el Señor te ilumine y te de fuerzas para tener la valentía de tomar esta decisión de ser uno más de sus seguidores, ahora y no mañana. Amén. 2 Corintios 6:2 “Porque dice: En tiempo aceptable te he oído, Y en día de salvación te he socorrido. He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación” Amén
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