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Una vez un ateo estaba dirigiendo la palabra a
una multitud al aire libre. Intentaba convencer a la gente que no existía
un Dios, ni un diablo, ni un cielo, ni un infierno, ni la resurrección, ni
el juicio, ni una vida venidera. Les aconsejó botar sus Biblias y
olvidarse de lo que decían los predicadores. Les recomendó pensar como él
pensaba y ser como él era. Habló en forma atrevida. La muchedumbre
escuchaba vehementemente. Era "el ciego guiando al ciego."Ambos estaban
cayendo en el hoyo. (Mateo 15:14).
En medio de su discurso una pobre anciana repentinamente se abrió camino
entre la multitud hacia el lugar donde estaba el hombre. Se paró delante
de él. Le miró directamente a los ojos y preguntó en voz alta: "Señor, ¿es
usted feliz? El ateo la miró desdeñosamente y no le respondió. "Señor,"
dijo nuevamente, "le pido que responda mi pregunta ¿Es usted feliz? Usted
quiere que tiremos nuestras Biblias. Nos pide que no creamos lo que dicen
los pastores sobre la religión. Nos aconseja pensar como usted y ser como
usted. Ahora, antes de seguir su consejo tenemos el derecho de saber qué
ganaremos con eso. ¿Le dan sus nuevas y bellas ¡deas mucho alivio? ¿Se
siente realmente feliz?"
El ateo se detuvo y procuró responder la pregunta de la anciana.
Tartamudeó, habló en forma evasiva, se inquietó y trató de explicar su
intención. Intentó intensamente de cambiar el tema. Dijo que "no había
venido para predicar sobre la felicidad." Pero era inútil. La anciana no
abandonaba su lugar. Insistía en que respondiera su pregunta, y la
multitud la apoyaba. Instó en su pregunta con ahínco y no quería aceptar
excusas. Y finalmente el ateo se vio obligado a abandonar el lugar y
escabullirse en confusión. No pudo contestar la pregunta. Su conciencia no
le dejaba: no se atrevía a decir si era feliz.
Para ser verdaderamente feliz se deben satisfacer las principales
necesidades de la naturaleza humana. Todas las demandas de su curiosamente
elaborada constitución tienen que ser cumplidas. No tiene que haber algo
en él que exclame: "Dadme, dadme", de lo contrario gritaría en vano y no
recibiría respuesta.
El verdadero cristiano es el único hombre feliz, porque su conciencia está
en paz. Ese misterioso testigo de Dios, colocado tan misericordiosamente
entre nosotros, está completamente satisfecho y tranquilo. Ve en la sangre
de Cristo una limpieza total de toda su culpa. Ve en el sacerdocio y la
mediación de Cristo una respuesta completa para todos sus temores. Ve que
por medio del sacrificio y la muerte de Cristo, Dios ahora puede ser
¡unto, y aun ser el justificador de los malvados. Ya su conciencia no lo
atormenta ni le atemoriza de sí mismo. El Señor Jesucristo ha satisfecho
ampliamente sus necesidades. La conciencia ya no es el enemigo del
verdadero cristiano, sino su amigo y consejero. Por lo tanto es feliz.
La sencilla verdad es que sin Cristo no hay felicidad en este mundo.
Solamente Él puede dar al Espíritu Santo quien permanece para siempre. Él
es el so!; sin Él el hombre nunca sentirá calor. Él es la luz; sin Él el
hombre siempre estará en la oscuridad. Él es el pan; sin Él el hombre
siempre estará hambriento. Él es el agua viva; sin Él el hombre siempre
estará sediento. No importa lo que le dé o donde lo ponga; aunque rodee al
hombre con todas las comodidades imaginables, no será feliz. Separado de
Cristo, el príncipe de paz, el hombre nunca será feliz. Venga a Él,
rogándole que le muestre Su misericordia y le conceda Su salvación; que le
limpie con Su propia sangre y quite sus pecados; que llene su conciencia
de paz y sane su alma afligida. Dígale todo esto sin reserva. Esto es
venir a Cristo. Tiene de todo para estimularlo. El mismo Señor Jesús le
invita. Él le dice tanto a usted como a todos los demás: "Venid a mí,
todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad
mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de
corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es
fácil, y ligera mi carga." (Mateo 11:2830). No espere más. Puede que se
sienta indigno, puede que crea que no se ha arrepentido lo
suficientemente. Sin embargo, no espere más y venga a Cristo.
Existe suficiente Incentivo. Miles de personas han caminado el camino
donde hoy es invitado a caminar, y lo han encontrado bueno. Una vez, al
igual que usted, ellos servían al mundo y se hundían en insensatez y
pecado. Una vez, al igual que usted, se cansaron de sus iniquidades y
anhelaron salvación y descanso. Escucharon de Cristo y sobre Su buena
voluntad para ayudar y salvar; llegaron a Él por fe y oración, y después
de muchas dudas y titubeos, lo encontraron miles de veces más
misericordioso de lo que habían esperado. Descansaron en Él y fueron
felices; cargaron su cruz y experimentaron paz. ¡Camine en sus pasos! Le
suplico, por las misericordias de Dios, venir a Cristo. Será más feliz de
lo que jamás será. Le invito que venga a Cristo. No lo posponga más.
Despierte de su último sueño. ¡Levántese y sea libre! Venga este día a
Cristo.
Index/Homilías
2007
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