Cómo manejar la amargura
“Mirando bien que ninguno se aparte de la gracia de Dios, que ninguna raíz de amargura brotando os impida, y por ella muchos sean contaminados”
Hebreos 12:15
Muchas veces, sucede que después de cierto tiempo como cristianos, no vemos bendiciones de Dios y tampoco tenemos una vida victoriosa, hay quienes claman y claman a Dios, pidiendo su intervención en algo que nos preocupa, y al parecer no hay una respuesta concreta, por lo que bien vale la pena revisar nuestra vida y nuestra propia relación con Dios. Y esto muchas veces obedece a que en nuestro corazón aun hay raíces de amargura. “Mirando bien que ninguno se aparte de la gracia de Dios, que ninguna raíz de amargura brotando os impida, y por ella muchos sean contaminados” (Hebreos 12:5). La Palabra de Dios enseña que si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron y he aquí todas son hechas nuevas “(2 Corintios 5:17), ahora observa este pasaje: ¿No sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios? No erréis, que ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, Ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los robadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos: mas ya sois lavados, mas ya sois santificados, mas ya sois justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios”. (1 Corintios 6:9-11). Note que el verso 11 dice, “Y esto erais algunos”, aclarando que ya fuimos lavados y santificados, de ahí que somos nuevas criaturas, así que el Señor purifica nuestra alma y nuestros pecados los hecha a lo profundo de la mar: Miqueas 7:19 “El tornará, él tendrá misericordia de nosotros; él sujetará nuestras iniquidades, y echará en los profundos de la mar todos nuestros pecados” Sin embargo, no todos los nacidos de nuevo están dispuestos a aceptar este regalo de transformación y deciden conservar pecados que se convierten en raíces de amargura. Nadie debería adorar a Dios, si no ha sabido perdonar, “Por tanto, si trajeres tu presente al altar, y allí te acordares de que tu hermano tiene algo contra ti, Deja allí tu presente delante del altar, y vete, vuelve primero en amistad con tu hermano, y entonces ven y ofrece tu presente” (Mateo 5:23,24). El Señor Jesús nos enseñó a pedir perdón y perdonar a quienes nos ofenden “Porque si perdonareis á los hombres sus ofensas, os perdonará también á vosotros vuestro Padre celestial Mas si no perdonareis á los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mateo 6:14-15). Las raíces de amargura tienen que ver con nuestros sentimientos negativos hacia otra persona, odio, rencor, envidia, hipocresía, falta de perdón, etc., por ello la Palabra de Dios nos exhorta a lo siguiente: “Toda amargura, y enojó, é ira, y voces, y maledicencia sea quitada de vosotros, y toda malicia: Antes sed los unos con los otros benignos, misericordiosos, perdonándoos los unos á los otros, como también Dios os perdonó en Cristo” (Efesios 4:31-32). Basado en todo lo anterior, ¿cómo es nuestra relación con los demás?, ¿Estamos en paz con todos?, ¿Necesitamos ejercitar el perdón? “SED, pues, imitadores de Dios como hijos amados: Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó á sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio á Dios en olor suave” (Efesios 5:1-2) Como hijos de Dios, que hemos nacido de nuevo, asegurémonos que no existan raíces de amargura en nuestra vida, y si las hay, entonces desarraiguémoslas de inmediato para que podamos gozar de Dios y llevar una vida bendecida y victoriosa en el nombre del Señor Jesucristo. La amargura suele hallarse debajo de nuestra incapacidad para perdonar y ser perdonados. Se trata de un malhechor corrosivo que repudia nuestra paz y destruye nuestras relaciones. Colosenses 4:6 nos señala: “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal; para que sepáis cómo os conviene responder a cada uno”. Recuerde que la Biblia nos advierte en cuanto a una raíz de amargura: “Mirando bien que ninguno se aparte de la gracia de Dios, que ninguna raíz de amargura brotando os impida, y por ella muchos sean contaminados”. La raíz de amargura muchas veces es la actitud de los apostatas que se convierten en influencias corruptas dentro de la Iglesia, Deuteronomio 28:19 dice: “Quizá habrá entre vosotros varón, ó mujer, ó familia, ó tribu, cuyo corazón se vuelva hoy de con Jehová nuestro Dios, por andar á servir á los dioses de aquellas gentes; quizá habrá en vosotros raíz que eche veneno y ajenjo”. Nosotros podemos estar amargados, y esconder esto del resto del mundo disfrazándolo de muchas otras actitudes, como alegría, risas, gozo, deleite, complacencia, etc... También son muchas las maneras en que expresamos la amargura en nuestras vidas: ira, pasión, difamación, rencor... etc. Sin embargo, no podemos esconder nuestra amargura de Dios, o incluso de nuestros propios cuerpos. La amargura nunca es constructiva, sino siempre destructiva. Debería darnos lo mismo lo que nos hayan hecho, cuánto nos hayan perjudicado, o las veces que nos lo hicieron, lo que han hablado de nosotros. Pero la verdad que es muy difícil; y como respuesta ante la maldad, la amargura no es jamás aceptable ante Dios. De la amargura no puede nunca resultar algo bueno. Sin embargo, tendemos a pensar que las situaciones individuales y personales representan excepciones claras. Así que, "justificamos" la amargura con mucha facilidad: "Bueno, tengo derecho a sentirme amargado. Debemos tener cuidado, para que la amargura no eche raíces en nuestra vida. Al igual que una raíz, la cual tiene tentáculos finos que van buscando la humedad para poder crecer, así también una raíz de amargura tiene tentáculos que se extienden. La raíz de amargura necesita de una realimentación para crecer, que son las pequeñas evidencias de su derecho a existir. Ésta se alimenta de nuestras ideas mal concebidas de que tenemos "derecho" a sentirnos amargados. Muchas veces, nuestra respuesta inicial al sufrimiento, sin importar la forma que éste tome, es de confusión. Tenemos una sensación de desconcierto, y no estamos muy seguros de cómo responder. Es como estar en un estado de conmoción. E incluso, podemos pensar que aquello no está sucediendo en realidad. Y hasta puede que tengamos una reacción física, tal como una profunda sensación de vacío en la boca del estómago, o caer en una profunda depresión que nos puede ir consumiendo cada día más y más. Muchas personas se han enfermado verdaderamente después de sufrir un rechazo; aunque la verdad es que los creyentes no debemos responder con amargura. Salmo 64: 2 y 3 dice: “Escóndeme del secreto consejo de los malignos; De la conspiración de los que obran iniquidad: Que amolaron su lengua como cuchillo, Y armaron por su saeta palabra amarga”. Romanos 3: 13 y 14 agrega: “Sepulcro abierto es su garganta; Con sus lenguas tratan engañosamente; Veneno de áspides está debajo de sus labios; Cuya boca está llena de maledicencia y de amargura”.
I LOS EFECTOS DE LA AMARGURA La amargura estorba, y por ella muchos son contaminados. Quizá ni siquiera seamos conscientes de que estamos fomentando sentimientos de amargura; sin embargo, los efectos de la amargura son sutiles y numerosos. 1º Enfermedades físicas Se cuenta de un pastor que a su esposa le apareció un cáncer y ambos procuraron la mejor ayuda médica. El doctor, quien había estado estudiando la conexión entre el cáncer y las emociones negativas, empezó a tratar a la Señora. Ella iba a verlo a diario, y él intentaba cada día hacer que ella hablara sobre su pasado. Semana tras semana, él hacía lo mejor posible intentando que ella llorara; pero ella no lloraba; no conseguía llorar. Por alguna razón, sencillamente, no tenía nada por lo cual llorar. Pero las pláticas entre el doctor y la Señora continuaron. Y un día, en medio de una conversación, ella rompió en llanto. En medio de las lágrimas, confesó su amargura hacia sus padres por algo que había pasado años atrás. Cuando hubo sacado todo aquello, se vio desatada, liberada y perdonada. Hoy, la Señora permanece al lado de su esposo, amando y apoyando su ministerio. En opinión del doctor, ella nunca se habría recuperado, si no se hubiera deshecho de su amargura. No es posible estar amargados por largo tiempo sin afectar nuestros cuerpos. Los expertos en medicina están empezando a ver cierto tipo de conexión entre la forma en que nuestros cuerpos funcionan y la forma en que nosotros pensamos. La amargura, la ira y otras emociones negativas han sido relacionadas con problemas glandulares, alta presión sanguínea, trastornos cardíacos, úlceras, y un sinfín de otras dolencias físicas. Proverbios 18:14 dice: “El ánimo del hombre soportará su enfermedad: Mas ¿quién soportará al ánimo angustiado?”.
2º Relaciones manchadas La amargura puede hacer que una persona enturbie y ofenda a los demás. Tal como se usa en Hebreos 12:15, la palabra griega para contaminados (miaino) significa "manchar" o "teñir". La amargura que estamos alimentando va a manchar nuestras relaciones. Esta es una de las razones por las que hay tantas separaciones, divorcios y hogares rotos. Proverbios 9:7 nos dice: “El que corrige al escarnecedor, afrenta se acarrea: El que reprende al impío, se atrae mancha”; y Efesios 1:4 agrega: “Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor”. Dos jóvenes llamados John y Linda se casaron. Sin saberlo ninguno de los dos, John llegó al matrimonio con una raíz de amargura. Linda trató de amarlo pero, a pesar de todos sus intentos, no logró llegar hasta él. Sencillamente, no pudo abrirse paso a través de la dura muralla emocional de John, que había permanecido allí por años -desde que él tenía doce años, cuando su madre murió. Durante los años en que se fue haciendo adulto, John mantuvo oculta su amargura; y fue muy exitoso en tenerla bien escondida hasta que ya estuvo casado. Una vez que Linda se adaptó a su matrimonio y empezó a ser ella misma, se topó de repente con un cónyuge a quien amaba mucho, pero con quien no conseguía comunicarse. John no podía dejar de defenderse; no podía ser él mismo. Linda y John trataron de descubrir cuál era su problema. ¿Por qué se comportaba él de esa forma? ¿Por qué no podía responder al amor de ella? Ni el mismo John sabía por qué era incapaz de amar. "¿Dónde se había iniciado todo? ¿Por qué no consigo amar? ¿Por qué tengo estos sentimientos? ¿Por qué no puedo ser yo mismo? ¿Por qué no puedo relajarme? ¿Por qué tengo esta tensión? ¿Por qué soy tan criticón? ¿Por qué soy negativo con respecto a las cosas? ¿Qué está sucediendo en mi vida?”.................................. John era incapaz de levantar la cortina mental para descubrir la fuente de su problema: la amargura. Estaba lleno de ira contra su madre, y su amargura hacia ella estaba manchando su matrimonio. Muchas veces la causa de tales problemas se encuentra en un espíritu de rencor que ha echado una raíz de amargura. John no podía perdonar a su madre por haber muerto y haberlo abandonado. La amargura nos puede paralizar. Incluso cuando queremos amar a otra persona sinceramente, no lo podemos hacer. Y no se trata de que no queremos; simplemente no podemos. Hay padres que se preguntan por qué no pueden amar a sus hijos. Y hay hijos que se preguntan por qué no pueden amar a sus padres. Hay maridos y esposas que se preguntan por qué no pueden amar a sus cónyuges, y por qué no consiguen atravesar la barrera. Pero puede ser que en lo profundo de su ser se encuentren contaminados por raíces de amargura y resentimiento, e incluso un odio en su punto de ebullición. “No te vengarás, ni guardarás rencor á los hijos de tu pueblo: mas amarás á tu prójimo como á ti mismo: Yo Jehová” (levítico 19:18) La amargura tiene tantos retoños pequeños. La desconfianza es uno de ellos; la inseguridad es otro. Cuando la Biblia dice: "Mirando bien, no sea... que brotando alguna raíz de amargura...", es porque las consecuencias son terribles y continuas. 3º Tropiezos espirituales La amargura crea un manto de culpabilidad. Sabemos que no deberíamos tener estos sentimientos para con los demás, y sabemos que Dios no quiere que estemos llenos de resentimiento. Y entonces razonamos así: "Si Dios no se complace en nosotros, ¿cómo puede Él aceptarnos?" Percibimos una barrera entre Dios y nosotros. La amargura asimismo estorba nuestra influencia en favor de Cristo. ¿Qué clase de testimonio cristiano podemos tener con nuestra amargura hacia Dios y hacia nuestro prójimo? ¿Cómo vamos a hablarle a los demás convincentemente del perdón de Dios, cuando nos negamos a perdonar a quienes nos han causado daño? Cuando permitimos que la amargura tome el poder de nuestras vidas, esa misma amargura se va a derramar sobre las vidas de aquellos que nos rodean. ¿Cuántos de nosotros albergamos cosas pequeñas como esas que hacen que nos sintamos rechazados? ¿Cuántos de nosotros somos adultos llenos de ira debido a que no nos sentimos amados? Al ponernos a pensar en aquellos que nos han lastimado o hecho daño, necesitamos hacerle frente a esos sentimientos. Puede que hace tiempo hayamos dicho o hecho algunas cosas, y hace tanto, que nos parece que ya no sentimos su irritación; sin embargo, nuestros pensamientos se ven afectados. Un espíritu de rencor es una emoción devastadora que ninguno de nosotros se puede permitir. Santiago 3: 13 al 17 nos dice: “¿Quién es sabio y avisado entre vosotros? muestre por buena conversación sus obras en mansedumbre de sabiduría. Pero si tenéis envidia amarga y contención en vuestros corazones, no os gloriéis, ni seáis mentirosos contra la verdad: Que esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrena, animal, diabólica. Porque donde hay envidia y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa. Mas la sabiduría que es de lo alto, primeramente es pura, después pacífica, modesta, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, no juzgadora, no fingida”. II CÓMO LIBRARSE DE LA AMARGURA Hay un final feliz para algunos de nosotros, por la gracia de Dios, descubrimos la raíz de amargura; además, conseguimos entender por qué actuamos de la forma en que lo hacemos, y logramos ver la relación que existe entre el pasado y el presente. Por fin las piezas se acoplan entre sí. Admitimos nuestra responsabilidad. También decidimos dejar de culpar a los demás, y de esperar que todos y todo lo demás a nuestro alrededor cambie. Abrimos nuestro corazón para que Dios cumpla su voluntad, a pesar de lo que eso pueda doler. El resultado final para aquellos de nosotros que estamos dispuestos a enfrentarnos a un espíritu de amargura es la liberación. Hermanos, hermanas, podemos vernos libres de esa conducta desconcertante, impropia y destructora de personas, de familias, de iglesias. Usted dirá: "Pero usted no sabe lo que me ha sucedido; no tiene idea de lo que he tenido que pasar". Tiene razón; pero hay personas en toda clase de situaciones, las cuales han sido liberadas y restauradas. Salmo 109: 21 “Y tú, Jehová Señor, haz conmigo por amor de tu nombre: Líbrame, porque tu misericordia es buena. Porque yo estoy afligido y necesitado; Y mi corazón está herido dentro de mí. Yo he sido para ellos objeto de oprobio; Mirábanme, y meneaban su cabeza”. El librarse de la amargura es un proceso que va paso a paso, y que nos conduce a la liberación tanto emocional como espiritual. Los pasos son sencillos. Es probable que el rostro de alguien hacia quien usted se siente amargado le haya venido a la mente. Mientras sigue, tenga presente a esa persona (o personas). 1º Confeccionemos una lista de las formas en que esa persona nos ha ofendido. 2º Hagamos una lista de nuestros propios errores. 3º Hagamos otra lista de las cosas que nosotros hemos hecho y de las que Dios ya nos ha perdonado. 4º Pidámosle a Dios que nos ayude a ver a esa persona que nos ha ofendido como un instrumento en la mano de Dios. 5º Pidámosle a Dios que nos perdone por nuestra propia amargura hacia esa persona. 6º Determinemos en el corazón que nosotros vamos a asumir toda la responsabilidad por nuestra actitud. 7º Si lo considera conveniente, y esto no va a causar más problemas de los que resuelve, vayamos hasta la persona, confesemos nuestra amargura y pidámosle perdón. Recuerde que nosotros estamos asumiendo la responsabilidad; nosotros no estamos tratando de pedir el arrepentimiento.
III CÓMO PODER PERDONARNOS A NOSOTROS MISMOS ¿Cómo nos perdonamos a nosotros mismos? Sin importar el tiempo de esclavitud en que hemos estado, podemos ser libres si seguimos estos cuatro pasos bíblicos. Paso 1. Reconozca el problema Debemos reconocer y admitir que no nos hemos perdonado a nosotros mismos. También debemos atacar el problema de que nosotros mismos aún nos mantenemos en esclavitud. “Padre, me doy cuenta de que no me he perdonado a mí mismo, y que debido a eso me encuentro en esclavitud”. Proverbios 28:13ª dice: “El que encubre sus pecados, no prosperará”. Paso 2. Arrepiéntase del pecado Debemos arrepentirnos de ese pecado por el cual no podemos perdonarnos a nosotros mismos. Debemos decirle a Dios que nos damos cuenta de que nuestra renuencia a perdonarnos no está de acuerdo con su Palabra. Y debemos agradecerle a Él su perdón al confesarle nuestro pecado. “Te agradezco, Padre, por perdonarme el haberme mantenido en esclavitud, el haberme mantenido alejado de ti y el haber limitado el uso tuyo de mí”. Proverbios 28:13 “El que encubre sus pecados, no prosperará: Mas el que los confiesa y se aparta, alcanzará misericordia”. Paso 3. Reafirme su confianza Debemos reafirmar nuestra confianza en el testimonio de la Escritura: "Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones" (Salmo 103:12). “Padre, yo reafirmo mi confianza y mi fe en tu Palabra, la Palabra de Dios”. Paso 4. Confiese su libertad y dispóngase a recibirla Debemos confesar nuestra libertad y disponernos a recibirla generosamente. “Padre amado, de acuerdo con tu Palabra, y mediante un acto voluntario y por fe, yo, aquí y ahora, me perdono a mí mismo, porque tú ya me has perdonado; y yo acepto mi perdón y elijo desde este momento ser libre de todo lo que he retenido contra mí mismo. Confírmame, por favor, mi libertad mediante el poder y la presencia del Espíritu Santo”. Gálatas 5:1 dice: “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no volváis otra vez á ser presos en el yugo de servidumbre”. Si estamos dispuestos a seguir estos pasos sencillos, no sólo nos veremos liberados, sino que se va a iniciar el proceso de sanidad. Cuando por un acto de nuestra voluntad decidimos aceptar como cierto lo que Dios ha dicho, estamos aceptando la aprobación de Dios en cuanto a nosotros. Y podemos decirle a Él que es esta la última vez que reproducimos esa cinta de vídeo acusadora. Cuando Satanás trate de presionar el botón otra vez, se dará cuenta de que Jesús ha causado un cortocircuito. Somos libres. Conclusión: Ningún persona puede ser un mensajero de paz llevando amargura en su corazón, porque la amargura es veneno para el alma. Y un mensajero de paz, debe establecer la paz en su hogar, en su trabajo, en la iglesia, en cualquier lado donde se encuentre. La amargura, puede transformar completamente el carácter de una persona; habrá en él: Dureza, severidad, rencor y odio, y por lo tanto, no será posible que su rostro, su corazón, su alma, todo su ser, reflejen la paz de Jesucristo. En vez de ser un mensajero de paz, será un mensajero de la amargura. El veneno de la amargura se manifiesta al hablar ya que el tema de conversación será las ofensas y las heridas sufridas. La amargura produce en la persona los deseos de venganza en contra de aquellos considerados como los causantes y responsables de la herida. La raíz de amargura se detecta, primeramente a través de lo que la persona dice y luego, en sus actitudes y acciones. Un espíritu amargo es difícil de tolerar, a menos que uno mismo lo posea. Un amargado, atrae a otros amargados. Liberemos a las personas que nos hayan ofendido de toda responsabilidad y obligaciones de las que creemos tener derecho. Al perdonar estamos desatando al ofensor. Esta es la llave para la libertad, de lo contrario permaneceremos atado a él. Sí no concedemos la libertad o soltamos al ofensor, estaremos frenando la obra de Dios en nosotros porque no estamos listos para continuar en el desarrollo de la vida cristiana. Estamos frenando a Dios, el tampoco nos podrá conceder el perdón que necesitamos para sentir y experimentar la verdadera libertad. Recuerde: ¡Libera y perdona a quien te ha
ofendido, y Dios te liberará de la herida! Hermanos y hermanas: Únicamente tenemos dos alternativas: Podemos dejar que la amargura nos destruya, o podemos dejar que Dios nos convierta en las personas que Él quiere que seamos. Debemos elegir el mirar nuestras circunstancias y heridas como herramientas que Dios va a utilizar para desarrollar aun más nuestras vidas espirituales.
Amén
Ricardo Ulloa Pastor
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